Claudia Tararache

El mago de las flores

Nacida en Rumanía, Claudia se inició en el mundo de la floristería casi por casualidad, pero bastó con un solo instante en una floristería para que todo encajara. El aroma, los colores, el bullicio, la tranquilidad… le pareció un cuento de hadas del que nunca quiso salir. Y no lo hizo.

Apodo:

La susurradora de pétalos

Poderes especiales:

Una obra estructurada, con múltiples capas y llena de detalles, en la que la emoción y la técnica dialogan constantemente

Algunos floristas aprenden sobre las flores; Claudia Tararache aprendió a sentirlas.

Nacida en Rumanía, Claudia se adentró en el mundo de la floristería casi por casualidad, pero bastó un solo instante en una floristería para que todo encajara. El aroma, los colores, el caos, la calma… le pareció un cuento de hadas del que nunca quiso salir. Y no lo hizo. Lo que comenzó como curiosidad en la floristería de su familia se convirtió rápidamente en obsesión, disciplina y arte. Con el tiempo, pasó de ser una florista de tienda a convertirse en una diseñadora floral internacional con un estilo muy reconocible: un trabajo estructurado, en capas y minucioso, en el que la emoción y la técnica siempre dialogan.

Claudia no se limita a arreglar flores: las crea. Sus raíces rumanas se reflejan en todo lo que hace: una profunda conexión con la naturaleza, una pasión por la artesanía y una atención al detalle casi arquitectónica. Bosques, montañas, paisajes abiertos: de ahí surgen sus ideas, y eso se nota en la profundidad y la complejidad de su obra.

En el seno de su negocio familiar en Constanza, la floristería es a la vez una realidad cotidiana y un laboratorio creativo. Un momento se dedican a los ramos comerciales y al siguiente, al diseño experimental. Ese equilibrio ha moldeado su capacidad para moverse entre la emoción y la estructura sin perder de vista ninguna de las dos. Y luego llegó el escenario mundial.

En 2025, Claudia se convirtió en la primera rumana en competir en la Copa del Mundo de Arte Floral celebrada en La Haya, donde logró un impresionante noveno puesto entre los mejores del mundo. Un resultado que no solo marcó su carrera, sino que también dejó huella en la historia del diseño floral moderno de su país. Pero para Claudia, nunca se trató solo de la clasificación. Se trata de la emoción.

Cada diseño que crea tiene un propósito: el contraste entre la suavidad y la estructura, la luz y la sombra, el control y la libertad. Un trabajo floral que parece pensar mientras florece. Porque para Claudia, las flores no son mera decoración. Son un lenguaje. Son memoria. Y son movimiento.

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